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Siempre habrá un lugar destacado para el buen periodismo
Larra decía que periodismo es defender la verdad y el raciocinio. Asimilar a este oficio los contenidos vulgares y chirriantes que arrasan hoy en la televisión o la información sin credibilidad de corta y pega que se cuela a través de Internet es una injusta simpleza. Eso es espectáculo o industria del entretenimiento, una adormidera intelectual que intenta aprovechar la apariencia de realidad como gancho, pero nunca periodismo serio por más que muchos de sus protagonistas proclamen lo contrario. Si queremos avanzar hacia un mundo más culto y maduro, frente a la estupidez televisiva y a la superficialidad de la red hay que reencontrarse con la lectura. La mejor información y la que más induce a la reflexión siempre entra a través de una página impresa. Un ciudadano bien informado piensa y es crítico, los dos actos que fortalecen cualquier sociedad moderna.
La cultura de la banalidad, en la que la información se confunde con el espectáculo y la intimidad y el exhibicionismo se convierten en noticia, se ha abierto un hueco en este siglo. Un delincuente barriobajero y soez casi llega a Eurovisión. Denigra a los espectadores y la televisión e Internet lo elevan a fenómeno de masas por unos cuantos gestos obscenos y unos insultos. Un puñado de aprovechados se inventa idilios, embarazos, matrimonios y rupturas para figurar en supuestos debates importantes, cobrando por cada intervención generosos emolumentos. Hay seres intrascendentes que las pantallas transforman en héroes por el simple hecho de exhibir su holganza y otros que desvelan lo más íntimo o lo más escabroso de sus vidas sólo para intentar hacerse ricos y famosos al instante sin pegar un palo al agua. Pero, ¿qué está pasando aquí para que una feria de monstruos y marginados sean tratados como personajes famosos y respetables? El florentino Givanni Sartori, premio Príncipe de Asturias, encontraría en la España de hoy unos cuantos ejemplos en los que apoyarse para corroborar su tesis del «homo videns». Sostiene Sartori que los nuevos medios están transformando al «homo sapiens», fruto de la cultura escrita, en una cosa distinta en la que predomina la imagen. Sería el triunfo de lo visual, de lo superficial, de lo pasivo sobre el intelecto, la abstracción y la palabra. En ese tránsito hacia el «videhombre» y la «videocracia», la incapacidad de razonar vuelve amorfo al rebaño, atrofia el entendimiento e idiotiza al individuo.
Los mismos razonamientos valen sin necesidad de forzarlos para juzgar la revolución digital. En la red hace furor una superficialidad que deforma al «homo internauta». El estadounidense NicholasG. Carr, experto en nuevas tecnologías, se interrogaba en un provocador artículo sobre si Google no nos está volviendo estúpidos. «Internet», confesaba, «está afectado a mi capacidad de concentración y de observación. Leo a saltos, sólo aguanto unos párrafos. La lectura profunda que solía suceder de forma natural se ha convertido en un esfuerzo».
Buena parte de esa televisión que repudiamos y en la que no deben educarse las generaciones del mañana es lisa y llanamente una mentira. Un teatro, una representación fingida y preparada que busca de manera intencionada el griterío y la disputa estridente para atraer a la audiencia. Y en esa red a la que son tan adictos nuestros jóvenes cada vez resulta más difícil separar lo verdadero de lo falso. Los bulos se disfrazan de noticias. Hay cantidad pero no jerarquía. Los rumores se elevan a la categoría de certezas. La información veraz no se distingue.
Francis Bacon
, filósofo británico, escribió que la pólvora, la brújula y la imprenta fueron los únicos inventos que cambiaron por completo el mundo. La imprenta multiplicó el conocimiento, lo generalizó, confrontó opiniones y estimuló la crítica, ingredientes que contribuyeron a formar pueblos más maduros y desarrollados. Frente a una televisión zafia y a una red sin credibilidad cobra más sentido que nunca defender el valor de la lectura. Este debate toca muy de cerca a los periódicos, herederos diarios de la imprenta, y al periodismo. Lo hace justo en un tiempo confuso en el que apocalípticos e interesados compiten por poner fecha de caducidad a la letra impresa.
El director de «The Wall Street Journal», Robert Thomson, resumía hace poco el panorama con estas palabras: «Se diría que los medios de comunicación de toda la vida estamos predestinados a retirarnos sumisamente a las praderas para dejar paso a una nueva generación de intrusos internautas cuyas capacidades digitales son más importantes que la integridad periodística y cuyo desprecio del periodismo tradicional sólo corre parejo con su obsesión por aprovecharse de nuestros contenidos. Los periodistas tienen un papel importante, cada vez más».
El periodismo es inseparable de la búsqueda de acontecimientos esenciales e interesantes. En EE UU hay estudios que demuestran que la prensa escrita genera el 96% de las noticias de elaboración propia. Las cadenas televisivas y la red sólo aportan el 4% restante. El ciudadano que necesite sentirse informado y demande más y mejores reportajes, opiniones y crónicas está claro dónde los encontrará. Ni hoy, ni mañana, ni nunca es imaginable un periodismo sin periódicos, ni una sociedad sana que no los tenga. Lo único que puede acabar con el periódico es el mal periodismo. El dilema no es si un canal destronará a otro sino la necesidad de refundar esta profesión para servir mejor al público, para desterrar esa estupidez y esa vulgaridad rampantes que trepa por algunos medios.
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